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Interpretando las señales del cuerpo en psicoterapia

  • Foto del escritor: Germán E. González
    Germán E. González
  • 17 nov
  • 4 Min. de lectura
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Hace algunos meses (en el presente año 2025) consideré oportuno dar de alta a un paciente que había tenido un avance asombroso en cuanto al manejo de su ansiedad y estrés. Una vez que le dije que su tratamiento psicológico había llegado a su fin, manifestó que no quería dejar de venir a mi clínica y continuar regularmente con sus sesiones de psicología. Obviamente que no me negaría a seguirle recibiendo y atendiendo en mi consultorio, pero no me aguanté el deseo de preguntarle la razón por la que quería regresar y, muy espontáneamente me respondió así: “Licenciado, usted no se imagina lo bien que me siento cuando salgo de mi cita con usted. Siento que me quito un peso de encima, camino casi como si flotara a unos centímetros del suelo y experimento una sensación de paz tan grande que, incluso mi esposa me ha dicho… Se te nota que vienes de sesión de psicología.”


Obviamente que debo respetar la identidad de mi paciente, por tanto, contaré sin decir su nombre, que tenía disturbio del sueño, un dolor recurrente en la parte alta de la espalda y se quejaba también de pensamientos reiterativos de que algo malo le ocurriría a él o a su familia. Por otra parte, manifestó con preocupación que perdía rápidamente la paciencia con su hijo y que discutía con su esposa por cosas que, luego de reflexionarlas, no eran tan importantes.

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Cuando exploré aspectos de su pasado, especialmente de su niñez, me encontré con una historia familiar difícil, con recuerdos que le perturbaban, con fibras muy sensibles que seguían doliendo a pesar del paso de los años, con un niño que cargó con el peso del abandono y el desamor.


Llamó particularmente mi atención lo vulnerable que fue al momento de abordar esas dolorosas circunstancias, lloró desconsoladamente, enfrentó su dolor, los recuerdos de sus agresores, la inmerecida carga negativa que le dejó su pasado y finalmente… Sanó.

Los resultados fueron muy alentadores, su disturbio del sueño desapareció, aprendió a controlar su ansiedad, ahora disfruta de las travesuras de su hijo sin perder la calma, las discusiones con su esposa son prácticamente inexistentes y, respecto del dolor en su espalda, está más y mejor controlado.


Lo que acabo de relatar es una pequeña, pero valiosa referencia de uno de tantos consultantes que han pasado por mi clínica, que se han dejado guiar por un sendero de sanación por medio del uso de la palabra, sendero al que los psicólogos llamamos catarsis.


Al mismo tiempo, la historia de mi paciente es la de una persona cuyos síntomas son de orden “psicosomático”, lo que quiere decir que se trata de circunstancias que luego de no haber sido correctamente abordadas, se convierten en un problema de salud.


Mencionaré apenas algunas de las manifestaciones corporales mediante las cuales se puede reflejar un asunto no solucionado:


Problemas digestivos, cefaleas o dolores de cabeza, erupciones en la piel, prurito, caída del cabello, acné, perturbaciones del sueño, perturbaciones del apetito, disfunciones sexuales, dificultad de concentración, distractibilidad, irritabilidad, náuseas, onicofagia (hábito de morderse las uñas), tricotilomanía (habito de arrancarse el cabello), tronarse los dedos y dolores lumbares, entre muchas otras.

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En el estudio de la psicología actual son muchos los profesionales que se atreven a asegurar que todas las enfermedades tienen un componente psicosomático, es precisamente por eso que poco a poco, los aspectos concernientes al ámbito de la salud mental van tomando más fuerza en el contexto de los servicios sanitarios de muchos países.


La interacción entre lo psicológico y lo biológico era tristemente desestimada hasta hace poco tiempo. Se pensaba que los problemas de la mente no tenían nada que ver con nuestra realidad biológica. Lo anterior tiene sus antecedentes en el dualismo cartesiano, una filosofía propuesta por René Descartes en el S. XVII, esta variable proponía que la mente y el cuerpo eran dos sustancias completamente distintas e independientes, que la mente en su esencia es inmaterial y pensante, mientras que el cuerpo es material, físico y regido por las leyes de la naturaleza.


Lo anterior tuvo una contundente repercusión en el estudio y la evolución de la medicina, tanto así que nuestros padres y abuelos pudieron escuchar afirmaciones como esta: “Una cosa son los problemas del cuerpo y otra cosa son los problemas de la mente.”


Por fortuna, en la actualidad estudiamos las patologías o enfermedades de los individuos desde un enfoque diferente, la mente y el cuerpo no están separados, sino que hacen parte de una misma unidad, a esto lo llamamos “enfoque sistémico”.


Para el caso, he venido estudiando mucho respecto de una ramificación de la psicología que se denomina “psicodermatología”, la cual estudia los problemas psicológicos subyacentes a las enfermedades de la piel. Luego de certificarme en esta apasionante área de estudio, puedo afirmar que no solo existen problemas psicológicos subyacentes a las enfermedades de la piel, sino que existen también con relación a cualquier tipo de enfermedad de la que esté diagnosticado cualquier individuo.


Los dolores y enfermedades son señales de alarma que el cuerpo envía para que volvamos nuestra atención a él, los médicos observan, diagnostican y recetan para contrarrestar, los psicólogos escuchamos, reflexionamos y confrontamos para asumir, superar y sanar.

 

Germán Eduardo González

Psicólogo

+504 9551 9628

 
 
 

1 comentario


Carolina Montero
19 nov

Excelente atículo, gracias Honduras al 100 por estar al 100...

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