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Tortillería La Habana: tradición que alimenta y crece con esfuerzo familiar

22 de agosto de 2025

Lo que comenzó hace 35 años como un pequeño sueño familiar en Comayagüela hoy se ha convertido en una empresa que abastece miles de hogares hondureños.

 

La tortillería La Habana, fundada en 1991 por don Taufic Botto y su esposa doña Blanca Estela García, pasó de producir con una modesta máquina casera a elaborar 75,000 tortillas de harina por semana, con el respaldo del programa Una Mano Para Crecer (UMPC) de Walmart.

 

La actual propietaria, Marisol Botto, recuerda que sus padres apostaron todo para sacar adelante el negocio. Su madre incluso vendió una casa para comprar el primer equipo de producción.

No fueron tiempos fáciles: doña Blanca manejaba un autobús, algo poco común en los años 90, mientras su esposo perfeccionaba la receta de la tortilla hasta lograr el sabor y la textura que hoy distinguen a la marca.

 

Tras meses de ensayo y error, la familia comenzó a vender sus tortillas en supermercados y de manera directa en la pequeña planta.

El punto de quiebre llegó a mediados de los años noventa, cuando lograron colocar producto en el entonces supermercado Plaza, hoy Paiz, iniciando así una relación comercial con Walmart que se mantiene hasta la fecha.

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Hoy La Habana procesa más de 15 quintales diarios de harina, lo que equivale a unas 15,000 tortillas al día. De esta producción, cerca del 70% se destina a las estanterías de Walmart en distintos formatos de tienda.

El apoyo del programa UMPC ha sido clave para sostener el crecimiento, ya que permite a la empresa recibir pagos más rápidos y mantenerse capitalizada.

 

El impacto de este respaldo no es solo económico: la tortillería genera 14 empleos directos, la mayoría ocupados por mujeres jefas de hogar, y muchos empleos indirectos en la cadena de distribución.

Para Marisol, mantener abierta la empresa también significa dar estabilidad a quienes han estado a su lado durante décadas. “Tengo una empleada que lleva 25 años conmigo, y en momentos difíciles ha sido como de la familia”, confiesa.

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Aunque actualmente abastecen Tegucigalpa, Comayagüela, Comayagua y Siguatepeque, los planes de Marisol y su esposo Melvin Corea incluyen recuperar espacios en la zona sur, especialmente en Choluteca, Nacaome y San Lorenzo.

La meta es consolidar la marca en el país y duplicar la capacidad de producción en los próximos años.

 

Para ella, el secreto del éxito radica en la perseverancia y en no perder la fe en medio de las dificultades. “A los emprendedores les digo: luchen, aunque la ganancia sea poca, inviertan, controlen el dinero y sigan adelante. Siempre habrá tiempos buenos y malos, pero con esfuerzo y la ayuda de Dios, se puede salir adelante”.

La Habana no solo representa una fuente de ingreso para la familia Botto, sino también un legado de esfuerzo y tradición que ha pasado de generación en generación. Sus tortillas forman parte de la mesa de miles de hondureños y son símbolo de cómo un pequeño emprendimiento puede convertirse en una empresa sólida cuando se combina trabajo, sacrificio y visión de futuro.


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