
XV semana del tiempo ordinario
13 de julio de 2026
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 34 – 11, 1
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.
El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».
Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.
Reflexión
En el evangelio de hoy, Jesús nos dirige palabras incómodas. No ha venido a traer paz sino guerra. ¡Qué extraño suena esto en labios de Jesús, el Príncipe de la paz! Pero son palabras suyas, dirigidas a quienes querían y queremos seguir sus pasos. Cierto que no es extraño que su seguimiento ocasione separación entre las personas, cuando la fidelidad a su mensaje encuentra oposición entre los nuestros. Cierto, también, que no es una invitación a la discordia sin más, pero sí a la fidelidad. Lo hemos oído muchas veces: ser cristiano tiene un precio. Cómo pagar ese precio es tarea para todo el que quiera ser fiel.
El seguimiento de Jesús no puede encontrar impedimento, aunque provoque sufrimiento y hasta ocasione rupturas. No es extraño que todo ello traiga consigo malentendidos, incomprensiones, rechazos. En los valores del mundo no encajan bien los del Evangelio. El discípulo no puede llevar una vida distinta a la de su maestro y el primero que cargó con la cruz fue Él. En la escala de valores del cristiano no pueden darse razones ajenas al Evangelio.
A veces el dolor pasa por nuestra vida. No es definidor de una vida, pero en él puede haber algo de verdad. “El dolor no es el lugar de nuestros deseos sino el de nuestra verdad”. Una vez más, Jesús no edulcora o suaviza las consecuencias del seguimiento. Las dificultades y problemas tienen una consecuencia inmediata: ganamos la vida real, esa que nadie puede arrebatarnos, aunque hayamos perdido esa otra que tiene una segura caducidad.
