De la fuga de cerebros al retorno del conocimiento: la diáspora hondureña como red global de innovación
- Javier Salgado

- 8 sept
- 3 Min. de lectura

Cuando se habla de la diáspora hondureña, la primera imagen que viene a la mente suele ser la de las remesas: ese flujo vital de recursos que sostiene a miles de familias y representa un porcentaje significativo del PIB del país. Sin embargo, detrás de esa realidad económica existe otra dimensión menos visible, pero igualmente poderosa: el talento, el conocimiento y las conexiones que los hondureños en el extranjero generan día a día en diversos campos del saber. Esa es la red global de innovación que apenas estamos comenzando a reconocer.
De la fuga de cerebros al retorno del conocimiento
Durante décadas hemos escuchado con preocupación el término “fuga de cerebros”. La narrativa se ha centrado en la pérdida: jóvenes brillantes que se forman en Honduras y terminan desarrollando sus carreras en otros países. Pero hoy el reto es cambiar la perspectiva. El mundo globalizado permite que el talento hondureño en el exterior sea no una pérdida, sino un puente. Un puente para conectar experiencias, ideas, tecnologías y oportunidades que pueden transformar a nuestro país.

Ese cambio de mirada implica hablar de “retorno del conocimiento”: la capacidad de transformar la diáspora en una fuente de aprendizaje e innovación. Y Honduras tiene una diáspora abundante, con presencia en Estados Unidos, España, México, Canadá y muchos otros países. Se trata de médicos en hospitales de primer nivel, ingenieros en empresas tecnológicas de punta, investigadores en universidades, creativos en la industria cultural. Cada uno de ellos es un nodo en esta red que, bien articulada, puede convertirse en una fuerza transformadora.
Remesas de conocimiento
Si las remesas económicas sostienen hogares, las remesas de conocimiento pueden sostener sueños colectivos. No se trata de que los hondureños en el exterior regresen físicamente —aunque siempre es valioso—, sino de que sus aprendizajes, experiencias y contactos puedan contribuir a proyectos estratégicos en Honduras.
Un ejemplo claro es la mentoría: ingenieros hondureños en Silicon Valley que acompañan a emprendedores locales en el desarrollo de sus startups. O médicos en Europa que comparten protocolos de vanguardia con colegas hondureños. Incluso artistas y diseñadores que conectan con jóvenes talentos para abrirles espacios en circuitos internacionales.
Cada interacción puede marcar la diferencia. Y con la tecnología actual, la distancia ya no es una barrera: basta una videollamada para transferir conocimiento y sembrar inspiración.
Lecciones del mundo
No somos los primeros en enfrentar este reto. Países como India, Israel e Irlanda han sabido transformar su diáspora en una ventaja competitiva. India, por ejemplo, logró que ingenieros en Estados Unidos y Reino Unido fueran pieza clave en el desarrollo de su industria tecnológica. Israel convirtió a su diáspora académica y científica en aliada para fortalecer su ecosistema de innovación.
Honduras puede aprender de estas experiencias y adaptarlas a su realidad. No se trata de copiar modelos, sino de reconocer que la diáspora puede ser más que nostalgia: puede ser estrategia de desarrollo.
El rol de la academia y la sociedad
Las universidades tienen una misión crucial en este proceso. Son el espacio natural para tender puentes entre estudiantes que se están formando y hondureños que ya están marcando huella en el extranjero. Programas de conferencias virtuales, estancias cortas, proyectos de investigación conjuntos o mentorías pueden abrir horizontes a jóvenes que necesitan referentes cercanos.
Al mismo tiempo, el sector privado y el Estado pueden sumar esfuerzos para crear plataformas que canalicen estas conexiones. Lo importante es dejar de ver a la diáspora como una fuga y comenzar a verla como una red viva de innovación.

Una red que ya existe
La diáspora hondureña ya es una realidad. Lo que falta es activarla como una red. En un mundo donde la innovación depende tanto de las conexiones como del talento, Honduras tiene la oportunidad de convertir a cada compatriota en el extranjero en un embajador de conocimiento, creatividad y oportunidades.
No se trata de idealizar ni de romantizar la migración, que muchas veces nace de la necesidad y el sacrificio. Se trata de reconocer que, a pesar de las dificultades, los hondureños que están lejos también quieren aportar al país que los vio nacer.
La pregunta es simple: ¿seremos capaces de tender los puentes para que ese aporte sea posible?
Por: Javier Salgado Lezama
Ingeniero Civil, con Maestría en Desarrollo Local
Vicerrector Académico Nacional de la Universidad Tecnológica Centroamericana (UNITEC)



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