Qué pasó (de verdad) el 28 de junio del 2009
Hasta el 2009, los hondureños nos habíamos habituado a un sistema bipartidario de facciones políticas más o menos liberales y más o menos conservadoras, representadas en dos partidos históricos que se turnaban la Cosa Pública sin problemas, tomando del botín estatal lo que impunemente se podía tomar y dejando algunos millones de pesos para invertir en los temas típicos de la política: hospitales, carreteras y escuelas.

12 de julio de 2025
Por: César Indiano
Los académicos e historiadores más obstinados del Partido Libertad y Refundación han trabajado desde el 2009 para presentar los acontecimientos del 28 de junio del 2009 como una gesta heroica donde un titán se atrevió a desafiar el estatus quo del sistema político tradicional, provocando la ira de sus adversarios los oligarcas y desatando un sanguinario golpe de Estado que echó por los suelos el sueño popular de una revolución improvisada. Al frente de dicho proceso, dicen los inspirados cronistas, estaba el nuevo paladín de la Justicia Popular, Manuel Zelaya Rosales y “comandando el gran proyecto continental para la libertad de los pueblos” se hallaba el conspicuo y memorable líder venezolano Hugo Chávez Frías.
Pero, el horrendo relajo del 2009 comenzó en noviembre del 2005, cuando miles de liberales nos abocamos a las urnas para elegir a Manuel Zelaya Rosales como presidente para el periodo 2006 - 2010. Al momento de postular su candidatura, Zelaya sólo tenía dos méritos, había sido un afanoso constructor de obras públicas a través del Fondo Hondureño de Inversión Social (FHIS) y había sido diputado en dos o tres oportunidades; eso era todo. Tanto sus afines como sus adversarios sabíamos que no estábamos eligiendo a una lumbrera, sino, a un político más, como había sido en su momento Roberto Suazo Córdoba (1982 – 1986) o Carlos Flores Facussé (1998 – 2002).
Hasta el 2009, los hondureños nos habíamos habituado a un sistema bipartidario de facciones políticas más o menos liberales y más o menos conservadoras, representadas en dos partidos históricos que se turnaban la Cosa Pública sin problemas, tomando del botín estatal lo que impunemente se podía tomar y dejando algunos millones de pesos para invertir en los temas típicos de la política: hospitales, carreteras y escuelas. Nadie tenía quejas más allá de lo probable y todos aceptábamos que la política, en casi todas las naciones, había caído en una era de irreversible ineptitud. Auto cercenada por un exceso de leyes buenistas que se vinieron aprobando desde los 70s, la política cavó su propia tumba y quedó soterrada bajo montañas de leyes ofrecidas y absurdas, todas ellas de inspiración socialista.
Pero, la otra opción, la opción canalla, la que convirtió a las universidades y colegios en centros de adoctrinamiento marxista, la que organizó a los envidiosos dotándolos de argumentos dialécticos, la que inyectó rebeldía en campesinos incautos que después se organizaron para hacer maldades, la que les mostró caminos erróneos al joven, la opción virulenta que fue elegida por miles de estudiantes, catedráticos, obreros, artistas e inclusive por cientos de curas insurrectos que se echaron los fusiles al hombro, esa opción armada los hondureños sensatos jamás la quisimos.
El hecho histórico que mejor simboliza dicho repudio fue justamente la Masacre de Los Horcones (1975), ahí las fuerzas vivas cortaron con medidas extremas una célula cancerígena que germinó en Juticalpa, metástasis de una “enfermedad revolucionaria” que había arruinado a Cuba, a Nicaragua, a Granada, a Perú y en menor medida a El Salvador, Guatemala, México, Argentina y hasta el propio Brasil, cuando estos países se enfilaron en la ruta del deterioro colectivista y la auto destrucción política, cuando se alocaron con las febriles doctrinas socialistas, distribuidoras de lo ajeno, repartidoras de liebres no cazadas.
Ya para 1990 todos los socialismos – fuesen radicales o moderados – habían caído en desgracia. El mundo había pagado un alto precio en vidas humanas y un número hasta hoy desconocido de billones de dólares para financiar la guerra fría, todo, para demostrar que el socialismo es una basura, un modelo basura que hace germinar una economía basura, que llena los sistemas educativos de contenido basura, que reproduce ideas basura y que inevitablemente transforma el corazón de la gente en un depósito de basura.
El socialismo como doctrina ya había muerto en 1989, pero nadie quiso sepultar el apestoso cadáver que se llenó de gusanos entre los añicos del muro de Berlín. Así que resucitó con nuevos bríos en todas las agendas mediáticas y políticas de Europa y América Latina a partir del 2000. En Honduras revivió en la verborrea campestre de un gamonal olanchano. De espaldas a los hechos consumados y terco en su tardía revolución del disparate, Manuel Zelaya Rosales, en junio del 2009, se quitó la camisa perfumada de hacendado señorial para colocarse la fatiga vaquera de comandante redentor. Así dio comienzo el chiste revolucionario que llevó a una humilde nación como Honduras a un periodo de oscuridad moral y a un deterioro financiero jamás visto en la historia de nuestro país.
La historia va a hablar de estas dos décadas (2006 – 2026) como la más sombría jamás vivida en Honduras, como la más corrupta, la más sanguinaria y la más angustiante. Un tiempo en el cual afloró lo peor de todos nosotros, un periodo en el cual el éxodo migratorio alcanzó cuotas de caravana, dos décadas oscuras en las cuales se activaron los más siniestros mecanismos de defensa de todas las personas, instituciones, gremios, asociaciones y hasta corporaciones. Durante 20 años, desde el 2006 hasta hoy, la gente que optó por quedarse en este país aceptó vivir en una barbarie financiera sin precedentes, repitiendo en todas partes los lemas delictivos del fracaso “sálvese el que pueda” “el que no transa no avanza” “póngase vivo” “que pague el gobierno” y “aprovéchate gaviota que no habrá otra”.
Gracias al funesto socialismo del siglo XXI, traído a Honduras en maletines sellados provenientes de Caracas, gracias a la infatigable carrera política de Manuel Zelaya Rosales, gracias a las enormes comparsas de la necedad universal, gracias al colectivismo pútrido, al buenismo legislativo, a la tontería incluyente y al pensamiento mesiánico, toda la gente se corrompió con unas cuotas de cinismo que no tienen comparación. De cara a un nuevo proceso electoral, otra vez los hondureños nos hallamos entre la espada y la pared, otra vez cunde el pánico porque la democracia debe elegir entre salvadores que ofrecen el cielo y las estrellas y entre lunáticos redentores de capa roja, jinetes de la venganza, la ruina y la ciega persecución. Que Dios nos agarre confesados.










