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Recuperando lo perdido

  • Foto del escritor: Pastora Carolina Montero
    Pastora Carolina Montero
  • hace 3 días
  • 4 min de lectura

Hay cosas que perdemos y podemos reemplazar.


Un objeto, una oportunidad de trabajo, incluso algunos planes que no resultaron como esperábamos.


Pero hay otras pérdidas que duelen de una manera diferente porque suceden en lugares mucho más profundos.


Perdemos la paz.


Perdemos la confianza.


Perdemos la comunicación con alguien que amamos.


Perdemos tiempo que nunca podremos recuperar.


Y, sin darnos cuenta, también podemos perder aquellas pequeñas costumbres que un día mantuvieron unida a nuestra familia.


Por eso, en este mes dedicado a la familia, quiero hacerte una pregunta: ¿Qué necesita ser recuperado en tu hogar?


No estoy hablando necesariamente de recuperar cosas materiales. Hablo de volver a encontrar aquello que alguna vez tuvo valor y que, entre las responsabilidades, las heridas, las prisas y las dificultades de la vida, fuimos dejando atrás.


Hay cosas que todavía pueden ser restauradas


La Biblia presenta a Dios como un Dios de restauración.


En Joel 2:25 encontramos una promesa dirigida a un pueblo que había experimentado una pérdida devastadora: Dios les anuncia que compensaría los años que habían sido consumidos.


Esto no significa que Dios siempre nos devolverá exactamente aquello que perdimos o que podremos regresar al pasado como si nada hubiera ocurrido.


La restauración de Dios muchas veces funciona de otra manera.


Él puede sanar lo que quedó herido.


Puede reconstruir lo que todavía tiene posibilidades.


Puede devolvernos la esperanza.


Y también puede enseñarnos a construir algo nuevo donde ya no es posible regresar a lo anterior.


Porque restaurar no siempre significa volver atrás.


A veces significa volver a comenzar, pero esta vez de una manera diferente.


Recuperemos la conversación


Hay familias que viven bajo el mismo techo, pero emocionalmente están muy lejos.


Compartimos la mesa mientras miramos el teléfono.


Preguntamos “¿cómo estás?”, pero seguimos caminando antes de escuchar la respuesta.



Hablamos de pagos, horarios, estudios, trabajo y compromisos, pero dejamos de preguntarnos qué está ocurriendo dentro del corazón.


Y ninguna familia puede permanecer verdaderamente unida si deja de escucharse.


Santiago 1:19 nos recuerda la importancia de ser prontos para escuchar y lentos para hablar.

Quizá la restauración que estás esperando no comience con algo espectacular.


Tal vez empiece con una silla, una taza de café y una pregunta sincera: “¿Cómo estás de verdad?” A veces una conversación puede comenzar a sanar una distancia que tomó años construir.


Recuperemos el tiempo


También debemos hablar de algo que jamás podremos almacenar para después: el tiempo.


Los hijos crecen.


Los padres envejecen.


Las etapas cambian.


Y muchas veces trabajamos tan duro para darle todo a nuestra familia que terminamos quitándole aquello que más necesita de nosotros: nuestra presencia.


No podemos recuperar la tarde de ayer.


Pero todavía tenemos hoy.


Todavía podemos llamar.


Todavía podemos abrazar.


Todavía podemos escuchar.


Todavía podemos sentarnos alrededor de una mesa sin teléfonos y mirarnos nuevamente a los ojos.


Quizá dentro de algunos años descubramos que los momentos que parecían más pequeños terminaron siendo los recuerdos más grandes.


Recuperemos la confianza


Hay otra pérdida particularmente dolorosa dentro de una familia: la confianza.


Y aquí necesitamos ser muy claros.


Perdonar y volver a confiar no son exactamente lo mismo.


El perdón puede comenzar con una decisión del corazón. La confianza, cuando ha sido profundamente dañada, generalmente necesita reconstruirse.


Necesita verdad.


Responsabilidad.


Cambios visibles.


Constancia.


Tiempo.


Y, en determinadas situaciones, también límites saludables.


La restauración no consiste en fingir que nada ocurrió.


Una relación verdaderamente restaurada aprende de aquello que la quebró para no repetirlo.


Si dañaste la confianza de alguien, quizá no necesitas explicar más. Necesitas demostrar con tus acciones que algo cambió.


Y si fuiste herido, recuerda que perdonar no significa renunciar a la sabiduría.


Recuperemos el altar familiar


Pero existe algo más que considero fundamental.


Podemos recuperar la conversación.


Podemos recuperar tiempo.


Podemos trabajar en la confianza.


Pero nuestros hogares también necesitan recuperar su dimensión espiritual.


Josué hizo una declaración extraordinaria: “Por mi parte, mi familia y yo serviremos al Señor” (Josué 24:15, NVI).

Quizá hubo un tiempo en que oraban juntos y dejaron de hacerlo.


Vuelvan a comenzar.


No necesitas organizar una reunión complicada.


Cinco minutos pueden convertirse en un comienzo.


Ora por tus hijos.


Bendice a tu esposo o esposa.


Den gracias juntos por los alimentos.


Lean una promesa de Dios.


Hablen de los valores que quieren dejar como legado.


Porque el altar familiar no es solamente un momento de oración. Es la decisión consciente de volver a colocar a Dios en el centro de aquello que estamos construyendo.


La restauración puede comenzar contigo


Quizá mientras lees estas palabras estás pensando: “En mi familia hay demasiadas cosas rotas”.


Puede ser.


Y sería irresponsable decirte que todo se solucionará inmediatamente.


Pero tampoco debes creer que nada puede cambiar.


Tal vez no puedas cambiar las decisiones de todos los integrantes de tu familia.


Pero sí puedes decidir cómo vas a hablar.


Cómo vas a escuchar.


Cómo vas a perdonar.


Cómo vas a administrar tu tiempo.


Cómo vas a amar.


Y cómo vas a relacionarte con Dios.


A veces esperamos que toda la familia cambie para comenzar nosotros.


Quizá Dios esté esperando justamente lo contrario.


Que alguien decida comenzar.


Que alguien diga: “Voy a escuchar diferente”. “Voy a estar más presente”. “Voy a pedir perdón”. “Voy a reconstruir”. “Voy a volver a orar”.


En este mes de la familia, mi deseo no es que aparentemos tener hogares perfectos.


Mi deseo es que construyamos hogares sanos, presentes, capaces de conversar, de perdonar, de aprender y de volver a Dios.


Porque quizá no podamos recuperar cada cosa que quedó atrás.


Pero mientras haya vida, amor, disposición y fe, todavía podemos comenzar a construir algo diferente.


Y quiero dejarte con esta verdad: No puedes regresar y cambiar lo que ocurrió en tu familia, pero sí puedes decidir qué comienza a cambiar a partir de ti.


Por: Carolina Montero

Comunicadora | Conferencista | Coach y Speaker Certificada por Maxwell Leadership

Fundadora del Ministerio Internacional Levantando Vidas

Presentadora de Con Sabor a Cielo

 
 
 

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