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Memoria obligatoria San Agustín de Hipona

28 de agosto de 2026

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:


«El reino de los cielos se parece a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo.


Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes.


Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.


El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.


A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”.


Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas.


Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”.


Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”.


Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.


Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: Señor, señor, ábrenos.


Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”.


Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».


Reflexión


Hoy la Iglesia celebra a San Agustín de Hipona (354–430) fue un filósofo, teólogo y obispo cristiano nacido en el norte de África; en su juventud llevó una vida alejada del cristianismo, pero después se encontró con Cristo y se convirtió, dedicando su vida a la fe, llegando a ser uno de los teólogos más influyentes en la historia de la Iglesia. Entre sus obras más importantes están Confesiones, donde relata su vida y conversión, y La ciudad de Dios, donde reflexiona sobre el cristianismo y la sociedad. Es considerado uno de los pensadores más importantes del cristianismo y una figura clave de la filosofía medieval.


En el evangelio observamos que Cristo no sólo encargó a los discípulos no dejarse llamar maestros ni querer ocupar los primeros puestos en los banquetes ni aspirar a otros honores, sino que él mismo dio en su persona el ejemplo y es modelo de toda humildad. Aunque el nombre de Maestro no le corresponde por complacencia sino por derecho de naturaleza, porque «todo subsiste en él y para él» (Col 1,17), por su encarnación nos ha comunicado una enseñanza que nos conduce a todos a la verdadera vida y, porque él es mayor que nosotros, nos ha «reconciliado con Dios» (Rm 5,10). Tal como nos dijo: «No aspiren a honores, no se dejen llamar maestros», también dijo: yo no vivo preocupado por mi honor. Hay uno que se preocupa de eso (Jn 8,50). Fijen su mirada en mí: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos» (Mt 20,28).


Ciertamente, en este pasaje del evangelio, el Señor instruye no sólo a los discípulos sino también a los líderes de la Iglesia, encargándoles que no se dejen arrastrar por la avidez de los honores. Al contrario, que «el que quiera ser grande entre ustedes» sea el primero en hacerse siervo de todos, como él (cf. Mt 20, 26-27).

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