
X Semana del Tiempo Ordinario
8 de junio de 2026
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».
Reflexión
En la inauguración de su misión salvífica, Jesús sube al «monte», el nuevo Sinaí, donde, con una actitud solemne de Maestro, «se sienta» para pro(1Jn clamar el discurso programático de toda su enseñanza: el Reino de los Cielos ya está presente (cf. primera y octava bienaventuranzas), que es al mismo tiempo (cf. desde la segunda a la séptima bienaventuranzas) una promesa para el futuro. Este tiene, en efecto, un carácter absoluto e histórico a la vez, que se revela en la tierra precisamente en la persona de Jesús. Este, al promulgar la nueva ley de este Reino, enuncia «con autoridad» nuevas sentencias (ocho más una) que empiezan con otras tantas declaraciones de felicidad. El aspecto paradójico es que se atribuyen a personas que se encuentran en unas condiciones que desmienten, al menos en apariencia, toda posible felicidad. Sin embargo, aquí se encuentra precisamente la novedad. La bienaventuranza nace de la relación vital con Dios y está conectada siempre con la figura y la obra de Jesús, a través del cual se transforman también las relaciones fraternas.
