XXIV Domingo del Tiempo Ordinario
14 de septiembre de 2025

Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 13-17
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:«Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él».
Reflexión
La oveja o la moneda perdidas son invitaciones de Jesús a salir de nosotros mismos, de nuestras miradas cortas, para encontrar en la misión la fuente de vida que “en casa cerrada” se agota. No tenemos que buscar a los buenos. Ellos han recibido mucho –como nosotros- y así se les exigirá –como a nosotros-. Tenemos que salir, remando mar adentro, hacia aquellos que necesitan recuperar, o tener por primera vez, una dignidad de vida y vida en el Espíritu. Ciertamente no para ser como ellos, sino para invitarles a recorrer un camino mejor, un camino de vida en abundancia.
El gozo de encontrar “la oveja perdida” es una experiencia que necesitamos los cristianos para imaginar la “alegría del cielo”. Y parece que sólo se consigue al estilo de Jesús, que “acoge a los pecadores y come con ellos”. Siempre es más fácil comer con quienes entienden nuestra jerga y responden a nuestros ideales y expectativas. Siempre es más fácil acoger a quienes pueden recompensarnos y no nos complican la existencia. Pero el talante de Jesús va más allá. Él arriesga más. Y es que si no arriesgamos evangélicamente, no encontraremos la verdadera alegría, sentiremos que unos días somos de “primera” y otros de “segunda” y no tendremos vida.
