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XVIII Semana del Tiempo Ordinario

7 de agosto de 2026

reflexion.avif

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 24-28


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.


Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.

¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?


Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.


En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre en su reino».


Reflexión


Jesús, a partir de cierto momento, pone en evidencia la difícil situación que les espera al llegar a Jerusalén y va descubriendo con sus discípulos las claves que le permiten descubrir el significado de todo el camino recorrido. Insiste en este tema porque las pretensiones mesiánicas de los discípulos, especialmente de Pedro, se habían convertido en un verdadero tropiezo para la misión. Jesús, entonces, pone los puntos sobre las íes y vuelve continuamente sobre el tema de las exigencias del discípulo para evitar que quienes lo sigan se engañen.


Las exigencias parten de una renuncia radical y primera a las propias ambiciones. El auténtico discípulo no puede anteponer sus intereses a la urgencia del Reino porque estaría en el plan de la mentalidad vigente que consiste en buscar seguridades y prebendas personales. Esto es lo que significa "ganar el mundo", empeñar la propia persona en un sinnúmero de empresas que supuestamente le reportarán la felicidad de ésta vida y de la otra. La realidad, sin embargo, es otra. Los que ganan este mundo pierden su propia vida.


El camino del Maestro se convierte, entonces, en el destino del discípulo. Si el maestro ha renegado de sí mismo y ha cargado con la cruz, el discípulo no puede suavizar su opción: o con el Maestro o sin él. Desde ese momento el discípulo se abre completamente a la novedad de Dios y, a la vez, acepta el conflicto que lo enfrentará a la mentalidad vigente.

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