V semana del Tiempo Ordinario
13 de febrero de 2026

Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Marcos 7,31-37
En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.
Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo:
«Effetá» (esto es: «ábrete»).
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.
Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.
Y en el colmo del asombro decían:
«Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».
Reflexión
Jesús hoy cura a un sordomudo. Aparentemente, un milagro más. Pero en el contexto vemos que eso es lo que había profetizado Isaías: “Los oídos del sordo se abrirán”. Y, de esta forma, los sordos y sordomudos pasan a participar de las riquezas de los que oyen y hablan. Todos los exégetas coinciden en que no se trata exclusiva ni principalmente de la curación de un defecto físico, corporal, sino de un símbolo, en particular del pueblo de Israel, del que habían afirmado los profetas que era sordo a la palabra de Dios y mudo, por tanto, para poder darle una respuesta.
El gesto de Jesús responde, en el fondo, al drama descrito en la primera lectura y en el salmo. Frente a un pueblo que no escucha, Jesús crea espacios de apertura. Frente a corazones cerrados, pronuncia una palabra que libera. Donde la incomunicación genera ruptura, él restaura la relación y devuelve la posibilidad de encuentro.
También hoy podemos estar rodeados de palabras y ruido y, sin embargo, ser sordos, o hablar mucho y no decir nada. A veces nos hemos cansado de escuchar, de esa escucha verdadera que implica el corazón y no solo el oído. Y sin escucha no hay comunicación auténtica, y sin comunicación no hay comunión. La Palabra nos recuerda que la fe se juega también en la calidad de nuestros vínculos, dejemos que Jesús toque y abra nuestra y mente y nuestro corazón a la escucha de su voluntad.
