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Solemnidad Santísima Trinidad

31 de mayo de 2026

reflexion.avif

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.


Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.


Reflexión


En la intimidad del diálogo con Nicodemo, Jesús desvela las profundidades del amor divino. “Tanto amó Dios al mundo…”, comienza diciendo.


El mundo, el universo entero, había salido bueno de las manos de Dios, como lo atestigua el libro del Génesis cuando añade: “y vio Dios que era bueno” (Gn 1,10) al ponderar todo lo que iba creando día tras día. Pero ese mundo que era bueno quedó dañado por el pecado del hombre. Sin embargo, Dios no lo abandona y sigue manteniéndole su amor, que es más fuerte que el pecado. Un amor que llega hasta el extremo: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito”.


Dios Padre nos entregó “a su Hijo Unigénito”. El Padre es dador de todo. En primer lugar, desde la eternidad da todo a su Hijo, como el propio Jesús lo reconoce en su oración al Padre durante la última cena: “Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío” (Jn 17,10). Padre e Hijo comparten idéntica naturaleza divina. Pero, en el tiempo, Dios Padre también da todo al mundo, al entregar por amor a su Hijo Unigénito. “La palabra ‘unigénito’ remite, por un lado, - explica Benedicto XVI- al Prólogo del Evangelio de Juan, donde el Logos es definido como el ‘unigénito Dios’ (Jn 1, 18). Pero, por otro, recuerda a Abraham, que no le negó a Dios a su hijo, a su ‘único hijo’ (Gn 22,2.12). El ‘dar’ del Padre se consuma en el amor del Hijo ‘hasta el extremo’ (Jn 13,1), esto es, hasta la cruz”.


Ese don de Dios que es su Hijo Unigénito no fue otorgado a un grupo de elegidos ni de gentes selectas, sino que está destinado “al mundo”. Tiene, pues, una dimensión universal. El mundo entero estaba necesitado de salvación y ha sido redimido por Él para que “no perezca, sino que tenga vida eterna”


“Si Dios nos ha creado, si nos ha redimido, si nos ama hasta el punto de entregar por nosotros a su Hijo unigénito, si nos espera -¡cada día!- como esperaba aquel padre de la parábola a su hijo pródigo, ¿cómo no va a desear que lo tratemos amorosamente? Extraño sería no hablar con Dios, apartarse de Él, olvidarle, desenvolverse en actividades ajenas a esos toques ininterrumpidos de la gracia.

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