Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo
7 de junio de 2026

Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 51-58
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
Disputaban los judíos entre sí: «Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
Reflexión
El fragmento de este domingo entra de lleno en la clave eucarística, tal como era entendida y vivida por la comunidad joánica. "Mi carne para la vida del mundo", en el fondo de esta expresión hay una fórmula aramea en la que "carne" sustituye a "cuerpo" para designar la realidad creatural de la persona humana. "Para la vida" traduce la preposición griega "Hyper"., que en el cuarto Cántico del Siervo y en los relatos de la institución de la eucaristía denota el carácter sacrificial y expiatorio de la muerte de Cristo. "Mundo" acentúa el sentido universalista de la salvación. Las murmuraciones de los judíos del v. 42 nos recuerdan las de sus antepasados ante Moisés en la travesía del desierto del Sinaí.
La Eucaristía proporciona una comunión real de vida y de destino con la persona de Jesús. Lo acentúa nuestro texto de varias maneras: el cuerpo de Jesús nos hace participar en la resurrección, nos hace vivir "por Cristo", que es vida "para siempre". Ello hay que entenderlo no de una manera mágica, sino como una comunión auténticamente personal. La clave de comunión es, además, típica de la teología joánica: comunión de Cristo con el Padre (cf. 10, 38; 14, 10-11), del discípulo con Cristo (cf. 15, 4-10), y del creyente con el Padre y con Cristo (cf. 17, 21-23).
Cristo cumple las expectativas del Antiguo Testamento: es el verdadero Moisés que nos nutre con el maná de la Eucaristía, es la verdadera Sabiduría que nos ofrece el pan y el vino de su Palabra y de su Persona presente en el Sacramento. Esa vida de Cristo nos compromete a ponerla en obra en nuestra vida de cada día, como nos indicaba Pablo.
