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Memoria obligatoria de San Carlos Borromeo, Obispo

4 de noviembre de 2026

reflexion.avif

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 14, 15-24

En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: «¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!».


Jesús le contestó: «Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó a su criado a avisar a los convidados:

“Venid, que ya está preparado”.


Pero todos a una empezaron a excusarse.


El primero le dijo: «He comprado un campo y necesito ir a verlo. Dispénsame, por favor”.


Otro dijo: «He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor”.


Otro dijo: “Me acabo de casar y, por ello, no puedo ir”.


El criado volvió a contárselo a su señor. Entonces el dueño de casa, indignado, dijo a su criado: “Sal aprisa a las plazas y calles de la ciudad y tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos”.


El criado dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio”.


Entonces el señor dijo al criado: “Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se llene mi casa. Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete”».


Reflexión


Jesús se ve acompañado por mucha gente, y sabe que algunos de los que le siguen no lo hacen con buenas disposiciones. Junto a aquellos que le acompañan con una recta intención, otros lo hacen para poder vivir algo extraordinario, presenciar algún milagro; otros por curiosidad e incluso algunos para poder descalificarlo. Tú y yo podemos preguntarnos cómo seguimos a Cristo, qué nos impulsa a seguirle, si nos dejamos llevar por la rutina en las normas u obligaciones que ya hemos incorporado a nuestro horario o si por el contrario, secundando la gracia, procuramos identificarnos con Él.


La única respuesta válida para seguir Cristo es por una razón de amor, de correspondencia al amor que nos tiene. El evangelio de hoy no es sino una manifestación del primer mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mt 12,30). Un mandamiento de amor que el Señor dirige a todos, válido para todas las personas y para todos los tiempos. Todo debe posponerse a ese amor. Algo que ocurre, cuando el amor de Dios llena el corazón de una persona. “Quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”, como decía Santa Teresa.


Un amor así no es fruto de profundas meditaciones ni siquiera de continuos actos de voluntad. Es un don, una gracia que Dios nos da, para poder amarle con un amor absoluto e incondicional, que se hace eterno tras la muerte. Cuando respondamos con todo nuestro ser a Dios que se nos entrega, podremos amar a las personas y a las cosas como Dios las ama, pero antes tenemos que dar ese paso, la desposesión radical de uno mismo, que nos enseña Jesús en el evangelio: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga” (Mt 16,24)

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