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Martes de la octava de Pascua

7 de abril de 2026

reflexion.avif

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 11-18



En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.


Ellos le preguntan:

«Mujer, ¿por qué lloras?»En Ella contesta:

«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».


Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.


Jesús le dice:

«Mujer, ¿por qué lloras?».


Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:

«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».


Jesús le dice:

«¡María!».


Ella se vuelve y le dice.

«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».


Jesús le dice:

«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, ande, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».


María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:

«He visto al Señor y ha dicho esto».



Reflexión


“Jesús centro de nuestras vidas”

La lectura de hoy sitúa a Pedro predicando en Jerusalén que, tras ser escuchado por sus conciudadanos, y porque la transmisión de su experiencia de fe les ha conmovido profundamente, es preguntado sobre qué deben hacer ellos en el seguimiento de Jesús. Y la respuesta que les ofrece Pedro, también nos puede servir hoy para reflexionar sobre qué significa hoy que Jesús sea el centro de nuestra vida.


Por tanto, lo primero que nos encontramos es a personas que han sido tocados por Dios, que son conscientes que Dios ha entrado en sus vidas, y que quieren discernir qué significa ser hijo/a de Dios; y es con esto con lo que nos quedamos hoy para aprovechar la reflexión.


Pedro propone bautizarse, es decir, incorporarse a la Iglesia y hacer pública la fe. Y esto es así porque cuando realmente Dios entra en nuestras vidas, no hay mucha más opción que vivir con alegría y predicar la gracia. Para quienes nos situamos en un contexto social y cultural favorecedor, es difícil comprender lo complicado que resultaba entonces hacer una manifestación pública de la fe; pero para esos primeros cristianos, como para los que ahora son perseguidos, es un gesto público que implica incluso poner en riesgo la integridad física.


No podemos evitar recordar en nuestra reflexión, a tantas personas perseguidas aún hoy por su fe, y queremos dejar la ocasión para poner en valor la valentía que ello conlleva. No debe ser fácil hacer pública una manifestación de fe cuando la seguridad y la vida está en riesgo, por lo que, aunque sólo sea por esas personas, quienes lo tenemos más fácil, debemos manifestar nuestra alegría de vivir con Dios en el centro.


Discernamos pues, qué significa que Dios sea el centro de nuestras vidas, y como Pedro, hagamos pública y prediquemos la gracia que sabernos hijos e hijas de Dios supone.

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