Domingo de Ramos de la Pasión del Señor
29 de marzo de 2026

Custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Verdaderamente este era Hijo de Dios».
C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
C. Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: «A los tres días resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo:
“Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».
C. Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».
C. Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.
Reflexión
La Pasión de Jesús, la más hermosa historia de amor y la más sucia historia de pecados, debe leerse, proclamarse, en la celebración eucarística, despacio, que sirva casi de homilía y de pregón de Semana Santa; por eso, conviene que se escuche sentado.
Seguro que la Pasión fue lo primero que se escribió de la vida de Jesús, no sólo para contar lo sucedido, sino para interpretar los hechos. La pasión tan cruel y la muerte tan humillante del Mesías, y el que fuese condenado incluso por las máximas autoridades religiosas, era algo incomprensible y desequilibrador. Bastaría comprobar la reacción de los discípulos.
Mateo, que escribe en una comunidad judía, se esfuerza por demostrar que también en la Pasión se cumplen las Escrituras. El Mesías es el Siervo de Yahveh, el justo perseguido. Los jefes obran como los reyes del salmo 2 (cf. Mt 26, 3), que se amotinan contra Dios y su Mesías. La actuación de los discípulos está ya cantada en Zacarías y Jeremías (cf. Mt 27, 9 y Zac 11, 12: las treinta monedas de plata; Mt 26, 31 y Zac 13, 7: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño»).
Datos propios de este evangelista son la reacción final de Judas, el sueño de la mujer de Pilatos, los hechos extraordinarios acaecidos a la muerte de Cristo, la presencia de los guardias en el sepulcro. Mateo se esfuerza por probar los hechos y dar respuesta a algunas malévolas interpretaciones sobre la resurrección.
