top of page

El ocaso del señor Redondo

10 de enero de 2026

10 de enero de 2026

El ocaso del señor Redondo

Por: Andrés Pavón

 

Redondo no es hombre de estridencias; es, más bien, comedido en su palabra. Se distancia así de la tosquedad de otros funcionarios oficialistas que confunden la elegancia con la debilidad y prefieren el atropello verbal para hacerse sentir. Es probable que ese maltrato lingüístico fuera el germen del rechazo que el partido Libre cosechó en las urnas.

 

Sin embargo, Redondo no escapó al veredicto popular: lo señalan por prepotente, por una lentitud de juicio que raya en lo torpe y por la pesadez de sus cálculos políticos. Dicen que su conducta no emana tanto del expresidente Zelaya, sino de la sombra constante del diputado Barrios, quien ha encontrado en Redondo el instrumento dócil para sus experimentos jurídicos: un entrampamiento procesal basado en interpretaciones antojadizas de la norma.

 

Tras la derrota, se le ha visto inquieto. Se refugia en la misa, de rodillas junto a Zelaya, ocupando esa primera fila reservada para los dignatarios. Hay quienes conquistan ese privilegio desde la humildad de la llanura; habrá que ver si el señor Redondo logra conservar tan preciado lugar en el contacto espiritual con Dios cuando el poder se le escape de las manos.

 

Como ya se ha dicho, su voluntad es maleable. No ignora que usurpó la presidencia de la Junta Directiva omitiendo cualquier norma que otorgara legitimidad a su aventura; lo impusieron apenas cuarenta y cuatro votos. Fue en ese momento cuando las figuras de Barrios y Rasel se volvieron sus muletas, el bastón necesario para sostenerse entre las trampas legales de su ilegítima misión.

 

Zelaya, viejo lobo de la política, sabe que alimentar los egos ajenos es una herramienta funcional. Ya lo advirtió la exembajadora Beatriz Valle: «Ofrecer no empobrece», suele decir el expresidente. Bajo esa premisa, le ha sugerido a Redondo que no demore en arrogarse la atribución de contar los votos desde el Congreso. Con el ego inflado por tales lisonjas, Barrios terminó empujándolo a un abismo que podría concluir, si no en una celda, en un juicio por traición a la patria que lo obligue a buscar el exilio bajo el disfraz de perseguido político.

 

Quizá Zelaya lo planeó como una broma pesada, pero lo cierto es que su hija, «la Pichu», no asomó el rostro en esa sesión extraordinaria. Tal vez buscaba proteger su imagen, ahora que su nombre circula en las encuestas internas como la carta presidencial de la familia. Tampoco aparecieron el diputado Sarmiento ni el propio Rasel. El salón quedó sombrío, habitado solo por el afán del continuismo y el desprecio a la voluntad popular.

 

Así como su gestión nació en la ilegalidad, parece agonizar en ella. Se inventó un quórum de su propia facción para «ordenar» al Consejo Nacional Electoral el recuento de más de diecinueve mil actas, usurpando funciones de órganos con jurisdicción propia para resolver los vicios del proceso.

 

Pobre señor Redondo: rechazado desde que puso un pie en su centro de votación y despojado de sus privilegios para transitar por los Estados Unidos, donde antes se le veía intentando conciliar asuntos personales. Ahora, aguarda con ansias que la Gaceta publique su última maniobra. Es un arma de doble filo: por un lado, ver su nombre impreso alimentará su vanidad; por el otro, esa misma publicación será la prueba indubitable para procesarlo en el instante en que el fiscal que él mismo nombró cese en su cargo.

Trump amenaza con ley de Insurrección en Minnesota

Venezuela destina ingresos petroleros a salud

Turquía rechaza intervención y pide diálogo en Irán

bottom of page