La Ruleta del Académico/ El juego de la alternabilidad

12 de enero de 2026
Redondo es como el ocote: le basta una chispa para prender fuego. Barrios, en cambio, es el fósforo; el académico ideal para apostar en esta ruleta. Quienes lo conocen aseguran que la Constitución se le quedó pequeña; ese texto ya no encaja con sus ínfulas de hombre ilustre. Sus desvaríos conductuales lo mantuvieron en la cima, pero ahora que el pueblo lo ha bajado con un ínfimo respaldo de apenas tres de cada cien electores en Cortés, la indignación lo domina. Es un hombre de derecha, devenido ahora en anti-Estados Unidos o anti-Trump; ignoro si es un extravío ideológico o una pose. En una entrevista reciente culpó al "imperio" de que el pueblo votara en su contra.
Él es consciente de que su afán de perpetuidad no se define contando votos, ni esperando que el Congreso declare a Salvador Nasralla presidente. Quizás la oposición descuidó el orden de los eventos creados para evitar la declaratoria; pero hoy, con el decreto ya publicado, ese papel, para él, carece de valor. Ahora la apuesta es otra: provocar una alternabilidad violenta.
Se siente seguro, aunque encender las calles sea ya una quimera. Quedan pocos activistas dispuestos a buscar la muerte para convertirse en mártires de una clase política que se enfanga en sus privilegios. Tras la máscara siempre hay un rostro; es lo que ocurre con esos funcionarios que administran el corazón financiero del Estado, ahí donde la coima se reparte con el dueño del poder real.
Barrios no ignora esto. Al contrario, busca capitalizar la debilidad y la arrogancia de Redondo para azuzar a las Fuerzas Armadas, buscando que asuman el control anticipado del Legislativo y, posiblemente, del Ejecutivo. Su ganancia es el anunciado Golpe de Estado. Ya lo imagino justificando la "teoría del mal menor": presionar a los militares para que tomen las instituciones en nombre de la seguridad, evitando así una alternabilidad pacífica que los obligue a rendir cuentas y desnude los peligros que acechan a quienes hoy endulzan el oído de los incautos.
Él sabe que no es socialista ni de izquierda, pero le fascinó encontrar "analfabetos" —como él los llama— para encantarnos a los ilusos. Sabe que ya perdieron, al igual que lo sabe la Presidenta, quien recientemente justificó la denuncia del tratado de extradición por un supuesto interés en llevarse al General Roosevelt para una Corte a Nueva York. Pero esa intención no se borra con un twitter; el expediente sigue vivo en alguna corte del Norte. Han dejado al General a su suerte.
El tiempo es su verdugo. Se dice que le quedan menos de cinco días para inducir a un militar ambicioso bajo el "ruido del dinero". Como dice el primo Calín Rápalo: el ruido del dinero no es para cualquiera. Y ese ruido ya resuena por los pasillos lúgubres del poder.
Si la maniobra de quedarse seis meses o dos años prospera, ese pacto constitucional mutará en las reglas de una "anarco-revolución". Bajo ese caos, donde se rompe toda institucionalidad, nos espera la Constituyente, la anulación de los partidos y la pérdida de la más valiosa de las libertades: la de opinión.
En lo personal, no me resigno a perder el derecho de compartir estos ensayos. En esa balacera o bajo una "bomba saltarina", por lo que anhela ese dos por ciento, podría irse hasta la vida. "Andrés se hizo de derecha", le dijeron a una amiga; "es un cachureco", intervino otro. A ellos les respondo como Emilio Guerrero: no han leído más marxismo que yo. O como dijo la otra no leída de mis escritos: busca un hueco por donde meterse y quitarnos la chamba.
Al final, en esta ruleta del académico, las fichas que se apuestan no son simples conceptos teóricos, sino nuestras propias libertades. Mientras ellos calculan el "mal menor" desde la comodidad del poder, quedamos expuestos al estruendo de la balacera o al silencio de la censura. Intentan encasillarnos en etiquetas vacías para ignorar que el verdadero conocimiento no reside en la obediencia, sino en la capacidad de cuestionar.
Podrán mover las piezas y repartirse la coima en los pasillos lúgubres, pero no podrán arrebatarnos la razón a quienes, habiendo leído y vivido, nos negamos a ser los mártires de su ambición. Porque cuando las máscaras caen, solo queda la verdad de nuestra palabra frente a su miedo a rendir cuentas.



